Hay un patrón que se repite en muchas PYMEs: el negocio crece, se abren más accesos, se adoptan herramientas en la nube y, de pronto, el equipo de TI está apagando fuegos. Un correo con un adjunto sospechoso, un usuario bloqueado por un ataque de fuerza bruta, un servidor sin parches “porque no había ventana”, una auditoría del cliente que pide evidencias. En ese punto, la seguridad deja de ser “algo que revisamos” y se vuelve una exigencia diaria.

La subcontratación de seguridad informática aparece precisamente ahí: cuando la operación necesita continuidad, visibilidad y respuesta rápida, pero montar un equipo completo interno no es realista por coste, tiempo o disponibilidad de talento. La buena noticia es que externalizar puede elevar el nivel de protección de forma tangible. La mala, que si se hace sin método, también puede abrir nuevas brechas: proveedor mal elegido, responsabilidades difusas o dependencia total sin control.

Qué es la subcontratación de seguridad informática (y qué no)

Subcontratar seguridad informática significa delegar en un tercero especializado una parte -o la totalidad- de las funciones de ciberseguridad: prevención, monitorización, detección, respuesta, cumplimiento y mejora continua. En la práctica, va desde “nos ayudan a endurecer el firewall y revisar backups” hasta “gestionan un SOC, alertas 24/7, respuesta a incidentes, EDR, gestión de vulnerabilidades y reporting para auditorías”.

No es simplemente comprar una herramienta o contratar a alguien “por horas” para configurar algo y marcharse. La seguridad funciona cuando hay proceso, seguimiento y responsabilidad. Tampoco es una excusa para desentenderse: incluso con un proveedor, la empresa sigue siendo responsable de sus datos, sus accesos y sus decisiones.

Por qué muchas PYMEs externalizan (y por qué a veces es lo correcto)

La razón más obvia es la falta de recursos. Un equipo interno sólido suele requerir perfiles que no abundan y que, cuando aparecen, son caros y difíciles de retener. Pero el motivo de fondo suele ser otro: la seguridad no se sostiene con buenas intenciones, sino con disciplina operativa.

Externalizar suele funcionar bien cuando se busca elevar el estándar sin frenar el negocio. Por ejemplo, si tu empresa está abriendo una sucursal, migrando a Microsoft 365, conectando sistemas con un ERP o permitiendo trabajo remoto, la superficie de ataque cambia más rápido que la capacidad de documentarlo y protegerlo.

También encaja cuando hay presión comercial: clientes corporativos que piden evidencias, cuestionarios de seguridad, planes de respuesta, políticas de contraseñas, MFA, cifrado y trazabilidad. Con un proveedor, ese “papel” suele salir de procesos ya probados, no de improvisación.

Beneficios reales: dónde se nota en el día a día

El primer beneficio es el tiempo. Cuando la seguridad se gestiona con un equipo externo, el equipo interno puede enfocarse en continuidad operativa y proyectos que mueven el negocio. Eso no significa perder control, sino repartir cargas.

El segundo es el acceso a capacidades que una PYME normalmente no puede justificar por sí sola: monitorización 24/7, correlación de eventos, análisis forense básico, inteligencia de amenazas o pruebas periódicas. A menudo, una alerta a tiempo evita una parada completa o una pérdida de información que después sale mucho más cara.

El tercero es convertir costes fijos en variables. En vez de contratar varios perfiles permanentes, se paga por un servicio con alcance definido y evolución planificada. Esto es especialmente útil si el riesgo es cambiante: campañas comerciales, temporadas altas, incorporación de nuevos sistemas o cambios regulatorios.

Los trade-offs: lo que puede salir mal si se externaliza sin criterio

El riesgo más común no es técnico, es de gestión: “asumir” que el proveedor cubre algo que nunca estuvo en el alcance. Por ejemplo, creer que hay respuesta a incidentes inmediata, cuando el contrato solo incluye alertas por correo. O pensar que se hacen parches, cuando solo se reportan vulnerabilidades.

Otro trade-off es la dependencia. Si no se define propiedad de la información y documentación, la empresa se queda sin visibilidad: no sabe qué reglas hay en el firewall, qué políticas de acceso están activas o cómo recuperar el servicio si el proveedor cambia.

Y está el riesgo de fricción operativa. Si el proveedor es demasiado rígido y el negocio necesita agilidad, la seguridad se vuelve un obstáculo. La clave es equilibrio: controles que reduzcan riesgo sin bloquear la operación.

Qué conviene subcontratar primero en una PYME

En la mayoría de PYMEs, el valor aparece antes cuando se externaliza lo que requiere continuidad y especialización. Monitorización y respuesta ante amenazas suele ser un buen inicio porque reduce tiempos de detección y contención.

Gestión de vulnerabilidades también da retorno rápido: inventario de activos, escaneos, priorización y seguimiento. No basta con “saber” que hay fallos; hay que convertirlo en un plan ejecutable con fechas y responsables.

Y, si hay uso intensivo de correo y colaboración, proteger identidades es crítico: MFA, políticas de acceso condicional, endurecimiento de cuentas administrativas y revisión de permisos. La mayoría de incidentes en PYMEs se apoyan en credenciales comprometidas, no en “hackers” sofisticados.

Cómo evaluar un proveedor sin caer en promesas bonitas

La selección debería empezar por una pregunta simple: qué problema exacto necesitas resolver en los próximos 90 días. Si la respuesta es “me piden evidencias de seguridad” el proveedor debe demostrar capacidad de documentación y cumplimiento. Si la respuesta es “temo ransomware” entonces necesitas prevención, detección y recuperación probada.

A partir de ahí, conviene exigir claridad en cuatro frentes.

Primero, alcance y responsabilidades. Debe quedar escrito quién hace qué, qué herramientas se gestionan, qué se excluye y qué se considera extra. La seguridad no tolera ambigüedades.

Segundo, tiempos y canales. Cuánto tardan en notificar una alerta, qué severidades manejan, cómo escalan, y qué ocurre fuera de horario. Un “24/7” sin definición suele ser marketing.

Tercero, evidencias y reporting. Informes mensuales no solo de “eventos”, sino de acciones y mejoras: parches aplicados, vulnerabilidades cerradas, cuentas revisadas, tendencias. La dirección necesita ver progreso, no ruido.

Cuarto, transferencia de conocimiento. Documentación, runbooks, diagramas actualizados y acceso a configuraciones. Si mañana cambias de proveedor, no deberías empezar desde cero.

Coste: cómo pensarlo sin que sea solo “más barato”

La pregunta útil no es “cuánto cuesta”, sino “cuánto riesgo reduce por peso invertido”. La subcontratación de seguridad informática suele competir contra tres costes invisibles: interrupciones, pérdida de datos y tiempo de recuperación.

Para aterrizarlo, calcula el impacto de un día parado (ventas, nóminas, penalizaciones, reputación), el coste de reconstrucción (horas internas + consultores + urgencias) y el riesgo legal o contractual (clientes que exigen notificación o rescinden). Luego compara contra un servicio con objetivos medibles.

En muchas PYMEs, el punto de equilibrio llega rápido: un único incidente relevante puede superar varios años de servicio gestionado. Esto no significa comprar “lo máximo”, sino comprar lo correcto para tu exposición real.

Caso típico: una PYME que pasa de reactiva a controlada

Un escenario común en CDMX y zona metropolitana es una empresa de servicios profesionales con 40-80 usuarios. Usa Microsoft 365, comparte archivos, tiene un ERP y acceso remoto. El “equipo de TI” es una o dos personas que también ven impresoras, compras y altas de usuarios.

El cambio empieza cuando llegan señales: intentos de inicio de sesión desde otros países, buzones con reglas extrañas, equipos sin cifrado, backups que nadie ha restaurado en años. Se decide externalizar una capa de seguridad gestionada.

En las primeras semanas suele pasar lo más valioso: se descubre inventario real (qué equipos y servicios existen), se activa MFA y se reducen permisos, se despliega protección en endpoints y se definen alertas con criterios claros. A partir de ahí, la conversación cambia: deja de ser “hubo un susto” y se vuelve “estos riesgos bajaron, estos siguen abiertos, este mes toca cerrar X”. Eso es madurez.

Cómo implementarlo sin frenar la operación

Externalizar no debería ser un proyecto eterno. Funciona mejor con una entrada por fases.

Primero, diagnóstico corto y accionable: activos, identidades, correo, endpoints, copias de seguridad, exposición externa. Después, controles de alto impacto y baja fricción: MFA, endurecimiento de cuentas admin, bloqueo de protocolos inseguros, políticas básicas de dispositivos.

Luego, monitorización y respuesta con playbooks simples: qué hacer ante phishing, credenciales filtradas, comportamiento de ransomware, pérdida de portátil. Y finalmente, mejora continua: revisión mensual de vulnerabilidades, simulacros de restauración, y ajustes según cambios del negocio.

Si necesitas un enfoque de acompañamiento para PYMEs, con servicios de TI y ciberseguridad gestionados en México, en LaNet trabajamos este tipo de adopción por etapas, con metas claras y seguimiento operativo: https://lanet.mx.

Qué pedir en el contrato para dormir más tranquilo

Un contrato útil no es el más largo, es el más específico. Asegúrate de que define niveles de servicio, responsabilidades compartidas y qué ocurre en un incidente. También conviene acordar cómo se gestionan accesos privilegiados del proveedor, cómo se audita su actividad y cómo se maneja la salida: entrega de documentación y revocación ordenada de credenciales.

Y si tu empresa opera con requisitos de clientes, incluye desde el inicio el tipo de evidencias que vas a necesitar: reportes, bitácoras, políticas y pruebas de restauración. Eso evita “carreras” antes de una auditoría.

Una buena subcontratación no te quita control: te da método. Y cuando el negocio crece, tener método es lo que evita que la seguridad sea una urgencia constante y se convierta, por fin, en una parte normal de operar bien.