Hay una escena muy común en muchas PYMEs: un lunes por la mañana, el sistema “va lento”, el Wi‑Fi deja de responder en un área, la impresora decide no existir y alguien propone “comprar algo mejor”. Ese impulso es comprensible, pero también es la forma más rápida de acumular herramientas que no resuelven el problema real. Elegir tecnología no debería parecerse a ir apagando incendios; debería parecerse más a diseñar una operación que aguante el ritmo del negocio.

Cuando hablamos de cómo elegir soluciones de TI efectivas, la palabra clave es “efectivas”: las que reducen fricción, bajan riesgo y sostienen el crecimiento sin disparar costes ocultos. En PYMEs, además, la decisión suele caer en personas que no viven en TI, pero sí viven con las consecuencias: paros, pérdida de ventas, fugas de información o gastos imprevistos. Por eso conviene tomar la decisión con un método sencillo y, sobre todo, con preguntas que aterricen la tecnología a resultados.

Lo “efectivo” depende del negocio, no del catálogo

Una solución de TI no es buena por tener más funciones; lo es cuando encaja con tu forma de operar. Una empresa con 30 personas en oficina y 10 en campo no necesita lo mismo que un despacho con información sensible de clientes o que un ecommerce que depende del uptime para facturar.

Antes de mirar marcas o propuestas, conviene describir el contexto con honestidad: qué procesos generan ingresos, qué depende de sistemas internos, qué tanto trabajo se hace remoto, qué datos son críticos (y cuáles son “solo” administrativos), y qué tolerancia real tienes al paro. En muchas PYMEs, descubrirás que el “problema de TI” es en realidad un problema de continuidad: si cae el correo, el ERP o el acceso a archivos, ¿cuánto dinero se pierde por hora?

Este paso parece obvio, pero evita una trampa frecuente: comprar soluciones por moda (por ejemplo, “necesitamos EDR porque lo vi en LinkedIn”) cuando el agujero está en copias de seguridad inexistentes, contraseñas compartidas o un router doméstico sosteniendo media oficina.

Define el objetivo con métricas sencillas (para no discutir por intuición)

Si no pones un objetivo medible, acabarás evaluando por sensaciones. En TI, eso es peligroso: una herramienta puede “sentirse” rápida y aun así ser frágil o cara de operar.

Plantea 2–3 métricas ligadas al negocio. Por ejemplo: reducir caídas a X al mes, bajar el tiempo medio de resolución de incidencias, recuperar sistemas en menos de N horas tras un fallo, o mejorar la visibilidad de accesos a información sensible. No hace falta un cuadro de mando complejo; hace falta que todos estén de acuerdo en qué se considera éxito.

También define límites: presupuesto mensual aceptable, tiempo máximo de implantación y capacidad de tu equipo para operar la solución. Esto último se subestima. Una herramienta “potente” que requiere especialistas dedicados puede volverse un pasivo si tu organización no puede atenderla.

Ciberseguridad: no se compra en una caja, se diseña por capas

En PYMEs, la ciberseguridad suele entrar por dos caminos: tras un incidente (phishing, ransomware, filtración) o por una auditoría/cliente que la exige. En ambos casos, la tentación es comprar “la solución definitiva”. No existe.

Para elegir bien, piensa en capas y en impacto. Empieza por lo que más reduce riesgo con menos fricción: gestión de identidades y accesos (MFA), copias de seguridad con pruebas de restauración, segmentación de red, control de endpoints, actualización y parches, y capacitación realista (no un curso anual que nadie recuerda). A partir de ahí, herramientas más avanzadas tienen sentido cuando hay capacidad de operación y monitoreo.

El matiz importante: “más seguridad” a veces significa “menos productividad” si se implementa sin cuidar el flujo de trabajo. Si pones controles que obligan a saltos constantes o bloqueos injustificados, los equipos buscarán atajos (USBs, correos personales, contraseñas anotadas). Una solución efectiva protege sin empujar a la gente a romper reglas.

Evalúa la integración: lo que no habla con lo demás, te cobra después

Muchas decisiones fallan no por la herramienta en sí, sino por su convivencia con lo existente: el ERP, el correo, el directorio de usuarios, los equipos, las políticas de acceso, el proveedor de internet, las sedes.

Antes de decidir, pide un mapa simple de integración: qué sistemas toca, qué permisos necesita, qué datos genera y dónde se almacenan, y qué pasa si falla. Si la respuesta es vaga (“se integra con todo”), es una señal de riesgo.

También valora el impacto en el usuario final. Un cambio de autenticación, un nuevo cliente VPN o una migración de archivos puede alterar rutinas. Una solución efectiva incluye adopción: guías, comunicación y soporte en el arranque.

Coste total: lo barato en compra puede ser caro en operación

En PYMEs es normal comparar precios de licencia, pero la realidad está en el coste total: instalación, migración, formación, soporte, actualizaciones, equipos adicionales, tiempo del personal y, sobre todo, tiempo de paro si algo sale mal.

Aquí suele aparecer un dilema sano: CAPEX vs OPEX. Comprar infraestructura (servidores, firewalls, almacenamiento) puede parecer más económico “a largo plazo”, pero implica mantenimiento, renovación y personal que lo gestione. En cambio, modelos de pago mensual (servicios gestionados o nube) convierten parte de ese coste en variable y pueden reducir sorpresas. No es que uno sea siempre mejor: si tu operación es estable y tienes equipo interno, puede convenirte invertir; si necesitas flexibilidad o no quieres cargar con operación, un servicio gestionado suele encajar mejor.

Una pregunta práctica: ¿cuánto depende tu empresa de una persona “que le sabe” y qué pasa si se va? Si la respuesta te incomoda, estás midiendo un riesgo real que debe influir en la elección.

La prueba que importa: escenarios reales, no demos perfectas

Las demos están diseñadas para lucirse. Para decidir, pide pruebas en condiciones reales: un grupo piloto, con usuarios normales y casos de uso habituales. Si se trata de seguridad o respaldo, pide simulaciones de incidente: restaurar un archivo crítico, recuperar una máquina, bloquear un acceso sospechoso, rastrear un evento.

Evalúa tres cosas: facilidad de operación (para tu equipo), experiencia del usuario (para no romper procesos) y visibilidad (para saber qué está pasando sin adivinar). Una solución efectiva reduce incertidumbre: te deja ver, medir y actuar.

Proveedor y soporte: aquí se gana o se pierde el proyecto

Elegir tecnología sin evaluar al proveedor es como comprar un coche sin taller. En TI, lo que marca la diferencia no es solo la herramienta, sino cómo se implanta, se monitorea y se sostiene.

Busca claridad en SLA, tiempos de respuesta, canales de atención, escalamiento y responsables. Pide ejemplos de casos parecidos al tuyo: tamaño, sector, complejidad. Y escucha cómo hacen preguntas: un buen partner no empieza por vender; empieza por entender.

También vale la pena preguntar por continuidad: documentación, traspaso de conocimiento, inventario actualizado, y qué pasa si decides cambiar de proveedor. Una relación sana no te “amarra”; te da control.

En CDMX y zonas como Naucalpan, muchas PYMEs se benefician de un enfoque mixto: una parte interna (alguien que conoce el negocio) y una parte externa que asegure operación, ciberseguridad y cobertura. En ese contexto, equipos como los de LaNet suelen trabajar como extensión del negocio: ordenando la infraestructura, convirtiendo costes fijos en variables cuando conviene y elevando el nivel de protección sin pedirte que te vuelvas experto en TI.

Señales de que estás eligiendo mal (y aún puedes corregir)

Hay señales tempranas que conviene tomar en serio. Si tu decisión depende de una sola persona sin contraste, si no existe inventario de activos, si nadie puede explicar el flujo de datos, o si el proyecto no tiene dueño de negocio (no solo de TI), estás comprando a ciegas.

Otra señal: “esto lo vemos después” aplicado a backups, MFA, permisos y registros. Después suele significar “cuando pase algo”. Y cuando pasa, el coste no es la herramienta; es el tiempo detenido, la reputación, la negociación con clientes y la ansiedad interna.

Si ya estás en ese punto, no necesitas tirar todo y empezar de cero. A veces basta con reordenar prioridades: primero continuidad (copias y restauración), luego accesos (identidad), después endpoints y red, y por último optimización y automatización.

Cómo tomar la decisión final sin arrepentirte a los seis meses

La decisión final debería poder explicarse en una frase que entienda dirección: “Elegimos esto porque reduce paros, controla accesos y nos permite crecer sin duplicar costes”. Si no puedes decirlo, quizá estás eligiendo por características.

Antes de firmar, confirma tres acuerdos: qué incluye y qué no (alcance), cómo se medirá el éxito (métricas) y cómo se gestionarán cambios (gobierno). Ese último punto es vital: las PYMEs cambian rápido, y una solución efectiva es la que se adapta sin volverse un proyecto eterno.

Al final, elegir TI no es una compra; es una decisión de operación. Si lo tratas como parte de tu sistema de trabajo —con métricas, responsables y pruebas— la tecnología deja de ser un gasto que duele y se convierte en una base que sostiene el día a día. La mejor señal de que elegiste bien es simple: el equipo deja de hablar de “fallos” y vuelve a hablar de clientes, ventas y crecimiento.